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Seattle: el viento del norte

No es casualidad que Cameron Crowe, un obsesivo de la música, columnista para la revista Rolling Stone y fanático desbordado de Bruce Springsteen, The Who y Led Zeppelin, nacido, además, bajo el fulgurante sol californiano de Palm Springs, eligiese a Seattle como el hogar de sus dos primeras películas: Say Anything (1989) y Singles (1992). No es que Crowe, que estudió en San Diego y e hizo un máster durante su juventud en los bares y salas de concierto de Los Ángeles, renegase de la plasticidad y superficialidad del rock californiano -o, bueno, quizá un poco…-, sino que Seattle le ofrecía un entorno completamente distinto. Dicen por ahí que la cuna del grunge no inventó la tristeza, pero sí le metió distorsión.

El grunge nació a principios de la década a través de las bandas que Sub Pop, sello discográfico independiente, empezó a ponderar: Nirvana, Pearl Jam, Soundgarden o Alice in Chains. No es coincidencia que Steve, encarnado por Campbell Scott, protagonista de Singles, llevase una camiseta de Mudhoney, quizá una de las bandas de culto por excelencia del movimiento -en la espalda, por supuesto, cargaba con el logo de Sub Pop en una clara declaración de intenciones-. Seattle se explica a partir de la música: cuando California estaba atiborrándose de bandas nü-metal como The Offspring, Deftones o Korn, al norte se estaba gestando una respuesta que enfrentaba el frío y la lluvia incesante con camisas de franela y un rock tan tristón como crudo. Liam Gallagher, desde la también lluviosa Manchester, haría alusión al desbordado pesimismo de la llamada Ciudad Esmeralda componiendo Live Forever. Eran otros tiempos: el más grande orgullo deportivo de la ciudad eran los Sonics de Gary Payton, un equipo que sería en 2008 realojado en Oklahoma y rebautizado como Thunder.

Si Crowe buscó ambientar sus primeras obras en Seattle renunciando al idílico clima musical de Los Ángeles fue porque la ciudad más poblada del estado de Washington, alojada encima de California y de Oregon, coqueteando ya con la frontera canadiense, sabe explicarse a sí misma. Pesa, digamos. Hay pocas cosas más candentes que el Lumen Field en playoffs, le escribí a un amigo neófito en la NFL que se disponía a vivir con fruición el encuentro entre Seahawks y Rams. No en vano en las tribunas había varias banderas con el número 12 que estarán también, seguramente, en el Levi’s Stadium de San Francisco: al más puro estilo de Boca Juniors y su histérico graderío, la afición de los Seahawks compone al jugador extra que desestabiliza la balanza.

Decir que el número 12 está retirado por el equipo sería mentir. El número está asignado tanto en el roster oficial como en el inconsciente colectivo: pertenece al público. Si bien la junta directiva del equipo tomó la decisión desde hace más de cuarenta años, en 1984, el halo de misticismo que gira alrededor de la bancada de los Seahawks se potenciaría bastante hasta la segunda década de este siglo. En 2009, Pete Carroll, que venía de nueve exitosos años al frente de la Universidad del Sur de California, firmó como head coach de un equipo cuyo mayor logro había sido arribar al Super Bowl XL, en 2006, que habían perdido ante los Steelers de Ben Roethlisberger y Hines Ward. Con el fichaje de Carroll empezó entonces la gran época moderna de los Seattle Seahawks.

El equipo cimentó su futuro en una defensa extraordinaria: la apodada Legion of Boom comandada por Richard Sherman, Kam Chancellor, Earl Thomas y Brandon Bowner revolucionó por completo la percepción del juego defensivo en la NFL: de pronto el público sintonizaba el televisor solamente para ver a la oncena defensiva. Carroll encontró también a su estrella en los controles: Russell Wilson fue drafteado en la tercera ronda en 2012 para convertirse en uno de los quarterbacks más fiables y espectaculares de la década. Los Seahawks alcanzaron el Super Bowl dos años consecutivos, 2014 y 2015: en el primero triunfaron apaleando a los Broncos, pero el segundo lo perdieron ante los Patriotas con aquella mítica intercepción de Malcolm Butler con apenas veinte segundos restantes en el reloj. Seattle sabía que llegar al Super Bowl este año implicaría una reedición, ya fuese contra Denver o contra Nueva Inglaterra. Eso sí: sólo contra los segundos tenían una asignatura pendiente.

La ciudad no contaba con que este año resultase tan exitoso. Sam Darnold ofrecía dudas como quarterback principal y las salidas de DK Metcalf y Tyler Lockett obligaban a Jaxon Smith-Njigba a posicionarse como un receptor élite en la NFL. Los rendimientos de ambos han sido superlativos, aunado esto también a una defensa que, como dicta la tradición, es el músculo principal del equipo. La cicatriz que dejó la eliminación de los Marineros a las puertas de la Serie Mundial en octubre pasado puede redimirse. Seattle, encima, acudirá a California, el estado del cual permanentemente busca desmarcarse, a buscar la gloria. Darnold buscará su primer anillo en casa del equipo que lo fichó hace un año como simple suplente. Es lo más cercano a una conquista total.