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Mi Super Bowl

A riesgo de que el inicio de esta columna sea interpretado como la mezcla entre una obviedad y un extracto de mantra holístico que uno puede encontrar en Instagram, debo admitir que nuestro cuerpo es, en efecto, tan o más inteligente que nuestra cabeza.

En los días previos a partir hacia San Francisco/Santa Clara, mi estómago ya se revolvía y no procesaba la comida de forma habitual. Mi garganta, elemento de trabajo primordial, seca y débil. Para descifrar el motivo no había que ser precisamente Sherlock Holmes. El viaje que se avecinaba no era uno más.

Dentro de un par de semanas voy a cumplir 31 años. Durante los 365 días entre mis 29 y mis 30, ponderé sobre mi edad como nunca lo había hecho antes. Una de las pensamientos que más angustia me generaba se daba cuando cometía (con frecuencia) el error de comparar las experiencias a las que me había expuesto una década atrás (como viajar solo por Uruguay, o tomarme un avión a Múnich y deambular allí durante 3 días antes de encontrarme con mi prima, Agustina, en París) y arribar a la conclusión de que no podría -o no querría- repetirlas en el presente. Un cálculo cuyo resultado era interpretado como una suerte de “retroceso” en mi proceso madurativo. Angustia, impotencia y fragilidad.

“Por qué te gusta tanto?” “Cuándo empezaste a ver?” “Cómo hiciste para entender las reglas?” Viviendo en Buenos Aires, estas preguntas resultan coherentes. Suelo responder casi siempre lo mismo, variando la extensión según mi humor. En resumidas cuentas:

  • no sé
  • en 2010
  • busqué en Wikipedia

Al tocar tierra californiana, el estómago y la garganta pasaron a segundo (o tercer) plano. El martes retiré mi acreditación y llegué a Radio Row cuando la acción de dicha jornada había concluido. El miércoles, la inmensidad de Moscone West me impactó como un cross de Mike Tyson en 1997. La tensión que se palpaba en el aire el jueves, en la rueda de prensa de Benito Alejandro Ocasio Martínez, no la había sentido jamás. Ni bien bajé por la giganto-escalera mecánica, más piñas: Jameis Winston, Stephen A Smith con Fred Warner, Pat McAfee con Brock Purdy, Trevor Lawrence, Kirk Cousins, Cam Newton (madre mía, lo enorme que es ese hombre), Jordan Mailata y Drew Brees, por nombrar algunos. Todos pasando por delante de mis ojos.

Abrumado por los nervios, a horas de comenzar el voyage me preguntaron qué era lo que me inquietaba tanto. En los papeles, la propuesta era inmejorable. Había conseguido un pasaje relativamente barato y un hotel aparentemente precioso en la zona que quería (Fisherman´s Wharf 💘). Tenía mi acreditación. Tenía todo. Solo quedaba lo más difícil: hacerlo. Subirme al avión e ir a cubrir el Super Bowl por primera vez.

Cuando respondo que desconozco los motivos de mi fascinación con la NFL estoy mintiendo y diciendo la verdad a la vez. Podría dar decenas (o docenas) de argumentos que fui acumulando en estos 16 años, pero genuinamente considero que lo más verdadero es decir “no sé”. Pienso en aquella tarde de verano. En vez de quedarme con el Mundial de Handball que transmitía TyC Sports, sintonicé ESPN y me quedé viendo uniformes blancos y verdes (Jets) contra uniformes blancos y azules (Colts). No entendía absolutamente nada y, al mismo tiempo, creo que algo dentro mío simplemente hizo “click”.

Primero fue un newsletter (“No Huddle”). Luego, textos aleatorios que publicaba en Medium (una suerte de blog). Más tarde, un pequeño emprendimiento (“NFLatina”) que incluyó cuenta de Instagram, streams en twitch y entrevistas durante la pandemia. Llegaría el podcast (“Siempre Tails”) con mi amigo Agustín (aka 👑 Augusto). De pronto, un llamado de Mundo NFL para escribir columnas y, eventualmente, narrar partidos. Un viaje a San Francisco para ver Chiefs-49ers, acreditado (el día en donde tuvo minutos por primera vez Brock Purdy). Otro a São Paulo, también con credencial en mano, como parte del staff de Mundo para su cobertura del São Paulo Game entre Los Ángeles Chargers y Kansas City Chiefs. Pero claro: faltaba algo más.

No logro ubicar, mientras escribo estas líneas en el asiento 42 J de un Boeing 777 que salió de Miami hace 5hs y aterrizará en Ezeiza dentro de 3 (confieso que esta última frase la incluí sólo para sentirme un poco más como un respetado columnista de algún prestigioso periódico), en qué momento dejé de pensar tanto en cuántos años tengo. De lo que estoy seguro es que la transición de mis 30 a mis 31 ha sido más gentil y con menos comparaciones.

Casi nunca, por no decir nunca, me levanto durante la noche una vez que me duermo. Conciliar el sueño puede convertirse en un problema ocasional, pero una vez que lo logro… olvídalo. De sábado a domingo me levanté tres veces. Llegué a Levi´s Stadium temprano, me perdí en su enormidad y, sin querer, de pronto me encontré en el nivel superior, allí en la cabecera justo debajo de la mega-giganto- pantalla gigante.

Otra vez, el cuerpo. El cuerpo, otra vez. Difícil describir con palabras lo que sentí en ese instante, observando el estadio vestido para la ocasión, plagado de colores y signos en referencia a Superbowl LX. Se me ocurren dos maneras para intentarlo: primero, fue como (imagino) debe sentirse estar en la cima del mundo. Lo segundo es quizás aún más abstracto (y cursi, por supuesto), pero bueno: se sintió como un cálido y muy lindo abrazo.

Dejé mi giganto-mochila en su lugar correspondiente y bajé al primer nivel, allí por la yarda 20 desde el costado de los Patriots. Jesús Sánchez (colega de Mundo NFL y amigo) me esperaba observando el walkthrough de los Pats. Ni bien llegué, vislumbré a Mike Vrabel, flamante Entrenador del Año. Saqué mi teléfono y lo grabé, ya con la mente puesta en capturar el mejor contenido posible.

Jesús, por su parte, no hacía nada. Simplemente contemplaba. Intrigado, le pregunté si quería que lo ayudara en algo. Grabarlo mientras él hacía su contenido, sacarle fotos, qué se yo. Su respuesta fue genial. Parafraseando, me dijo lo siguiente: “no, gracias amigo. Luego lo hacemos, pero ahora estoy tomándome unos minutos. Lo hago siempre (este era su 6to Super Bowl), como para tomar conciencia de dónde estoy… y luego sí, ponerme a trabajar”.

Ni lo dudé. Guardé mi iPhone en el bolsillo y me senté. Tras algunas respiraciones, comencé a sentir un cosquilleo en la nuca, como cuando te pasan la maquinita afeitadora por esa zona en la barbería. Algo hizo “click”, pasaron 16 años y ahí estaba. Solo. En San Francisco (Santa Clara). Acreditado. En el Super Bowl.