Repasé con solemnidad la lista de entrenadores campeones del siglo XXI en la NFL y pensé en lo mal que han envejecido algunos nombres de cara a la galera.
Dejando de lado la tiranía impuesta por Bill Bellichick, a quien en su momento también se le estigmatizó como un gran coordinador defensivo incapaz de convertirse en un entrenador en jefe legítimo para la NFL, se asoma gente como Mike McCarthy, Doug Pederson y Pete Carroll, hoy sin empleo tras haber sido defenestrados de Dallas, Jacksonville y Las Vegas respectivamente. Los ya retirados Bill Cowher, Tony Dungy, Gary Kubiak —padre de Klint, coordinador ofensivo de los Seahawks y uno de los nuevos genios en el vecindario— y Bruce Arians. El siempre cuestionado Nick Siranni, otra vez vilipendiado por infrautilizar un roster plagado de talento. El subestimado Sean Payton, responsable de tener a los Denver Broncos en la ronda divisional con el mejor récord de la AFC. Y gestores de largo plazo como Mike Tomlin y John Harbaugh, quienes recientemente vieron cómo sus longevos y estables reinados en Pittsburgh y Baltimore llegaron a su fin por distintos motivos.
Este recuento eludió deliberadamente reparar en en Andy Reid, tres veces campeón del Super Bowl, puesto que su historia merece ser contada aparte. No hace mucho, Reid era visto por la afición como un entrenador carismático, creativo e inevitablemente perdedor, cuyo gran hito era haberse plantado en el Super Bowl con los Eagles en 2004, después de haber caído tres veces consecutivas en el juego de campeonato de la NFC.
Reid tuvo que esperar 15 años, con la eclosión de Patrick Mahomes en el camino, para volver a instalarse en un Super Bowl. Esa década y media, en la que se mantuvo como entrenador en jefe en activo con Filadelfia y Kansas City, solo se perdió cuatro veces la postemporada, gestionando, de paso, una dignísima jubilación para Donovan McNabb y reviviendo la carrera de un desecho industrial como Alex Smith. Con todo y eso, Reid no logró desprenderse del odioso apelativo de “entrenador de temporada regular”. De no haber coincidido con Mahomes, sin títulos de por medio, el mito del “histórico playcaller” no habría emergido con tanta autoridad.
Reflexiono en todo esto tras el naufragio de los Green Bay Packers, que estuvieron a una actuación medianamente decente de su pateador, el hoy infausto Brandon McManus, de salir de Chicago con la victoria en la ronda de comodines. Matt LaFleur, reverenciado por sus pares, está corriendo la misma suerte que Kyle Shanahan, su tutor: la gente ve en él a una mente más o menos privilegiada que no tiene los intangibles para montar un equipo de campeonato.
Lo que quiero decir con todo esto es que ganar en la NFL es extremadamente complejo. Y que, en ocasiones, se debe valorar un poco más el trabajo de los entrenadores más allá del éxito o el fracaso en postemporada.
El hoy inmune Sean McVay, quien revolucionó el molde de entrenador ideal para las gerencias generales de la NFL, estuvo en riesgo de caer ante el peor equipo sembrado de la NFC el fin de semana anterior. Hoy sigue gozando de una reputación envidiable por lo que ha hecho con los Rams, a los que ha llevado a dos Super Bowls en ocho años. Aunque quizá este fin de semana, algún error de juicio o un fallo clamoroso de un villano en ciernes durante la batalla frente a Chicago en Soldier Field le pueda costar la derrota e, inexorablemente, el prestigio.