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Los Ángeles y la NFL: una danza de colores

Vine a Los Ángeles gracias a algunas cuestiones laborales. Por azar absoluto terminé, la primera noche de mi viaje, enzarzado en una charla sobre la NFL con Paul, un tipo con alrededor de cincuenta años a cuestas, angelino de cepa, y fan irredento de los Raiders, franquicia hoy trasladada a Las Vegas y que antes cumplió dos etapas en Oakland.

Ya se sabe que en esta liga nada es para siempre, y el negocio y las oportunidades marcan la ruta de muchos. Pero el arraigo de ciertos equipos no nos permite imaginarlos en otra sede que la suya. Así, los Packers no parecerían ellos mismos fuera de Green Bay. Los Bears son inconcebibles lejos de Chicago. Cowboys, Steelers, Patriots… Imposible. Son de donde son.

Los Raiders, sin embargo, han sido una franquicia viajera, me dice Paul. Él los conoció de niño aquí, en LA, cuando tuvieron aquella temporada fabulosa de 1983, que culminarían barriendo a los entonces Redskins (hoy Commanders) de Washington por 38-9, en el Super Bowl XVIII, con una actuación memorable del corredor Marcus Allen y una defensiva no menos digna de recordar, en la que destacaban Howie Long y Ted Hendricks.  Aquel equipo parecía eterno, me cuenta Paul, que en aquellos tiempos contaba apenas con diez años. Pero no lo fue.

Los Raiders habían llegado de Oakland (en la misma California, solo que a cinco horas y media por carretera, al norte) en 1981; se coronaron en enero de 1984, sí, pero no han vuelto a levantar un Lombardi desde entonces. Y en 1995 volvieron por donde habían venido y regresaron a Oakland, de donde, a su vez, se marcharon a Las Vegas en 2020 (a otras cuatro horas, pero hacia el este, internándose en el desierto). Paul permanece leal a sus colores, aunque el equipo ya no sea el de su ciudad. Soy Raider, dice, convencido.

Me confiesa, sin embargo, que su hermano Charly, cuatro años menor, ha cambiado de preferencias. De pequeño, quizá por llevar la contra, según Paul, decidió irle al otro equipo de LA en aquel entonces, los Rams. Pero en 1995, justo antes que los Raiders, los Rams se mudaron a San Luis. Charly lo tomó mal y dejó de apoyarlos. Su pasión deportiva se centró en un equipo colegial, los Trojans de la USC, y se negó a celebrar el Super Bowl XXXIV, conquistado por los Rams en 1999. No perdonó a la franquicia hasta su vuelta a LA, en 2016. Y se vio recompensado en 2022, cuando los Rams ganaron el Super Bowl LVI sobre los Cincinnati Bengals  por 23-20, justo aquí, en casa, en el SoFi Stadium.

Pero la cosa no termina ahí. Marlon, el hijo de Charly, que tiene diez años ahora, es fan de los Chargers, quienes se mudaron a LA desde la vecina San Diego en 2017.  Su madre es nativa de aquella ciudad y eso influyó, aventura Paul. Y vaya: cada miembro de la familia que sigue la NFL le va a un equipo distinto. Seguro que estas cosas no pasan en Green Bay, sostiene Paul con una sonrisa. Vaya baile de colores. Típico LA, completa Paul. Y se pide otra cerveza.