El Highmark Stadium está al sur de Buffalo: una ciudad que, pese a ser parte del estado de Nueva York, está mucho más cerca de Toronto que de Manhattan. A tres horas en autobús están las cataratas del Niágara. Zoey Deutch, que en últimas fechas se metió en la piel de nada más y nada menos que Jean Seberg en Nouvelle Vague, la más reciente película de Richard Linklater, fue ampliamente reconocida en 2019 por protagonizar una de las películas de las que más se habló en el Festival de Cine de Tribeca: Buffaloed. En ella, Deutch encarnó a Peg Dahl, una joven dispuesta a hacer prácticamente cualquier cosa con tal de escapar de la ciudad donde nació: Buffalo. La narrativa norteamericana -novelística, cinematográfica o musical- tiene como tema recurrente el acto de huir del hogar -sin ir más lejos: Bruce Springsteen ciñó toda una carrera sobre el tema desde que en Thunder Road escribió “it’s a town full of losers / I’m pulling out of here to win-. Siempre se huye: sobre todo hacia las costas. “El centro del país no importa en lo más mínimo, el centro no existe”, le dijo David Letterman a Jason Bateman en una conversación que mantuvieron para Netflix. Letterman es, por supuesto, oriundo del centro: nació en Indianápolis y halló la fama en Nueva York y Los Ángeles: las costas. Buffalo -y Peg Dahl, claro- miran de lejos hacia la costa, hacia Manhattan.
Buffaloed no es una película amable con su locación: transmite la soledad, tristeza y aburrimiento de una ciudad abocada a dos pilares: su equipo de fútbol americano, los Bills, y el hecho de haber revolucionado la cocina norteamericana a partir de las alitas de pollo cuya salsa lleva un nombre bastante obvio. No hay truco publicitario alguno: la salsa buffalo es de Buffalo. La mejor manera de establecer por qué son tan importantes los dos temas recién mencionados: la mayor atracción turística para quien visita la ciudad en días sin partido es el Bar-Bill Tavern, un restaurante de madera con letreros de Coors Light en luz neón y que siempre tiene fila. La razón es clara: son las alitas favoritas de Josh Allen, quarterback de los Buffalo Bills. Poco importa que Allen haya nacido en Fresno, California, al otro lado del país: si lanzas para los Bills, te conviertes en la mayor autoridad de la ciudad.
El Highmark Stadium, mito del deporte noventero, vivió ya su último partido. Los Bills se mudarán a escasos metros a un nuevo complejo deportivo que ofrece cualquier cantidad de lujo y mejoras. Algo pierde, sin duda, el deporte: gana caché, pero pierde identidad. No volveremos a ver un estadio gigantesco, con un graderío amplísimo, donde los aficionados podían apretar a los jugadores el juego entero -en la primera semana de esta temporada, sin ir más lejos, un aficionado fue vetado de forma permanente de cualquier estadio asociado con la NFL al golpear a DeAndre Hopkins y Lamar Jackson en la visita de los Baltimore Ravens-. No volveremos a ver el estadio que se convirtió en cruel locación de una tragedia redundante: los Bills que se hicieron con el campeonato de la Conferencia Americana tres años seguidos (en 1991, 1992 y 1993) y las tres veces perdieron el Super Bowl. Dos veces certificaron su presencia en el duelo máximo venciendo en casa y una más la consiguieron en Miami. La afición de Buffalo, acostumbrada a arropar y vitorear a sus héroes, pidió el retiro de los dorsales de Jim Kelly, Thurman Thomas y Bruce Smith, todos activos en aquel periodo.
A pesar de que Mr. Brightside, de los Killers, había sido la canción predilecta de la afición para cerrar los partidos y celebrar victorias, la última rola que sonó en el Highmark Stadium fue Iris, de los Goo Goo Dolls, oriundos de la ciudad. No es del todo extraño que una obra tan cursi encaje en una afición que se ha percibido especialmente violenta o ruda a lo largo de los años: este tipo de contrapuntos y contradicciones son absolutamente normales en el panorama norteamericano. La más célebre versión de Iris ocurrió, por supuesto, en Buffalo, en 2004: Johnny Rzeznick nos convence durante poco más de cinco minutos de ser la estrella de rock más grande del mundo mientras canta bajo un tormentón inclemente. El video, lo juro, no tiene desperdicio alguno: a veces la grandeza va más allá de si una canción es buena o mala; lo mismo ocurrió cuando sonó en el Highmark.
Los Buffalo Bills no recibirán playoffs en casa tras haber perdido el campeonato de la división ante los New England Patriots. Josh Allen, sin embargo, endiosado por el graderío de su equipo, tiene ante sí la posibilidad de devolver a la entidad a un Super Bowl sin cruzarse con su némesis, Patrick Mahomes. Sería el colofón perfecto para despedir al estadio. Somos las ciudades que hemos perdido, escribió Rafael Pérez Gay. Somos, también, los estadios que vamos perdiendo.