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Boston, los Patriotas y la clase trabajadora

Hay dos canciones que resultan elementales para entender The Departed, la película de 2006 que le dio, por fin, un Óscar a Martin Scorsese: Gimme Shelter, de los Rolling Stones, y I’m Shipping Up To Boston, de los Dropkick Murphys. La primera, gloria absoluta del tándem Jagger-Richards, funge como recordatorio permanente de que la guerra se encuentra siempre a la vuelta de la esquina y acompaña, por supuesto, la alargada sombra de un Frank Costello, encarnado por Jack Nicholson, que opera como termómetro: cuando está de buenas, todo funciona; cuando está de malas, empieza a correr la sangre. La otra, el exitazo de los Dropkick Murphys, tiene como objetivo ubicar geográficamente la película; la rola es quizá el gran faro del rock celta: uno empieza a escucharla y quiere, de golpe, engullirse cinco litros de cerveza Guinness. Boston se convirtió entre 1842 y 1852 en la ciudad norteamericana con mayor herencia y diáspora irlandesa; otra película para constatarlo es The Town -o, como a mí me gusta llamarla, lo mejor que ha hecho Ben Affleck.

Boston, sin embargo, ciudad abocada al deporte a partir de contar con uno de los templos incontestables del país en Fenway Park, no tiene equipo de NFL. No, al menos, uno que los represente solamente a ellos. Entre 1960 y 1971 existieron los Boston Patriots, equipo que se mudó periódicamente de diversas canchas universitarias al mismísimo Fenway, pero no encontró continuidad. Al iniciar la década de los setenta, Foxborough, barrio satelital a unos cuarenta kilómetros de Boston, ofreció a la junta directiva la posibilidad de construir un estadio que fungiese como casa de los Patriotas; la única condición era modificar el nombre. Los Patriotas de Boston pasaron a ser Patriotas de Nueva Inglaterra; la zona que lleva este apelativo -mucho más por motivos culturales e identitarios que por temas eminentemente políticos- engloba a seis estados: Maine, New Hampshire, Massachusetts, Rhode Island, Vermont y Connecticut. El equipo se había mudado, entonces, a un barrio más pequeño, pero con ello había conseguido representar a una mayor cantidad de fieles. Boston se quedó, entonces, con Red Sox y Celtics como banderas identitarias exclusivas.

El logo de los Patriotas se modificó en 1993: lo que solía ser un aparente general militar -un patriota, con todas las de la ley- en cuclillas dispuesto a centrar el balón, se convirtió en el escudo que conocemos hoy en día: lo que la sociedad norteamericana llama minuteman, un militar colonial preparado para entrar en acción lo antes posible. Antes de que usted, querido lector, establezca con total lucidez que ese sería un nombre -o concepto, cuando menos- extraordinario para una banda de punk -que, dicho sea de paso, en Boston no faltan-, déjeme decirle que en los ochenta surgieron precisamente los Minutemen, cuyo mayor atractivo era colgarse los instrumentos y empezar a tocar lo antes posible: duro y a la cabeza. El perfil del minuteman fue nombrado por los aficionados del equipo como flying Elvis, por el mero hecho de que el rostro guarda cierta semejanza con Elvis Presley.

La herencia británica e irlandesa tanto en Boston como en estados circundantes se ha establecido como parte de la identidad del equipo. Tom Brady, máxima figura en la historia de la franquicia, cargó siempre con el estatus de underdog: fue elegido en la sexta ronda del draft del 2000; 198 deportistas fueron reclutados antes que él. Comenzó a escribir su leyenda como suplente de Drew Bledsoe ante la inevitable incertidumbre del graderío del Gillette Stadium. Brady, a dueto con Bill Belichick, mítico entrenador en la época dorada del equipo, afincó su leit-motiv bajo la cultura del trabajo duro, algo que no le sonó extraño a una ciudad cuyos barrios periféricos son pura y dura clase obrera.

William Monahan, el hombre detrás del guion de The Departed, oriundo de Boston, declaró que la historia filmada por Scorsese solamente podía ocurrir en su ciudad. Boston ofrecía un crisol social interesante que permitía que sus personajes viniesen de muy distintos contextos teniendo cada uno como común denominador a la violencia. La podredumbre de un departamento policial repleto de soplones, abolladuras y fugas era otro elemento vital. Boston ofrecía el microcosmos perfecto.

A las afueras de ese microcosmos se gestó la última gran dinastía del deporte norteamericano, con permiso de los Chiefs. Drake Maye, quarterback nacido en Carolina del Norte, debe recoger ahora el testigo. La cultura de trabajo sigue siendo la misma; si acaso habrán cerrado solamente algunos bares.