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Los Rams de Inglewood

Matthew Stafford atisbó a Tutu Atwell solo, separado de su marcador, y lanzó el balón a sus brazos. El receptor de los Rams corrió cerca de setenta yardas, firmó la remontada ante los Colts de Indianapolis y el SoFi Stadium, para acabar pronto, explotó. Mi amigo, incrédulo de la NFL, abrazó al equipo de Los Ángeles, compró un banderín de Puka Nacua y se declaró nuevo feligrés de la causa. Acudimos a un encuentro entre Rams y Colts sin saber muy bien qué nos encontraríamos en términos identitarios y de arraigo; SoFi no deja de ser un armatoste novedoso, åvido de grandes eventos y dispuesto a erigirse como el gran faro de entretenimiento deportivo en una ciudad cuyo leit-motiv es aspirar al gran foco del espectåculo. Los Rams, sin embargo, tienen algo: hay arraigo, identidad y, sobre todo, cariño. Es difícil construir un perfil de aficionado, pero esto es absolutamente consecuente con lo que es hoy en día la ciudad de Los Ángeles: un crisol extraño, tan encantador como paradójico.

Los Angeles Rams wide receiver Tutu Atwell (5) celebrates his touchdown with quarterback Matthew Stafford (9) against the Indianapolis Colts during the second hall of an NFL football game Sunday, Sept. 28, 2025, in Inglewood, Calif. (AP Photo/Marcio Jose Sanchez)

¿Qué es Los Ángeles sino el ansia del espectåculo? En el downtown no sucede demasiado; la vida estå en Hollywood. Una Hollywood decadente, sin embargo; una especie de reliquia de otro tiempo. Mi amigo, Eduardo Zurita, y yo fuimos al Hollywood Bowl, un foro precioso en las faldas de las montañas, a ver a Pulp y a LCD Soundsystem; a la quinta me cayó el veinte: eståbamos en las meras-meras curvas de Mulholland Drive que popularizó David Lynch.

Si uno comienza a rememorar pelĂ­culas sabrĂĄ que pasea por tierra prometida. Fuimos tambiĂ©n al Frolic Room -mi bar favorito en todo el mundo, dicho sea de paso-, donde Kevin Spacey -Jack Vincennes, mejor dicho, pues- pasaba las madrugadas a lo largo de L.A. Confidential: era un policĂ­a que soñaba con pertenecer al mundo del espectĂĄculo y cuyo Ășnico acercamiento a ello se reducĂ­a a ser consejero de un actor de poca monta que, a su vez, la hacĂ­a de policĂ­a en pantalla. El Frolic Room estĂĄ al lado del Pantages Theater, uno de los mĂĄs importantes del barrio. Tan cerca y tan lejos del escenario y las luces. El Frolic, sin embargo, no hace alusiĂłn alguna a la pelĂ­cula; le interesa poco. Los Ángeles tambiĂ©n se niega a sĂ­ misma. Hollywood sabe que nunca volverĂĄ a ser, como tal, un barrio lujoso; el lujo estĂĄ en otras zonas de la ciudad, Hollywood es, casi, una rĂ©plica de todo; una fotocopia mal encuadrada. Sobra decir que en ello hay muchĂ­simo encanto.

Inglewood, sin embargo, estĂĄ mĂĄs lejos; casi al lado del aeropuerto. A pesar de haberse convertido en casa de los tres pabellones mĂĄs importantes de la ciudad -el viejo Forum de los Lakers devenido en sala de conciertos; el monumental SoFi Stadium y el novedosĂ­simo Intuit Dome de los Clippers-, el barrio sigue siendo un nĂșcleo obrero afroamericano. No es ni remotamente la idea que tuvo Hollywood; el barrio permanece igual a pesar de sus armatostes y atracciones permanentes. Sus residentes te miran con cierta desconfianza desde el porche de su hogar mientras vas o vienes del SoFi. En aquella caminata no pude evitar tomar una foto de dos hombres que venĂ­an juntos enfundados en camisetas de Jared Goff y Todd Gurley III; siempre me ha seducido la reverencia a glorias pasadas, pero aquello, con un azul menos elĂ©ctrico que el actual, me pareciĂł un documento histĂłrico: la reverencia a dos jugadores cuya salida originĂł un campeonato en las calles de un vecindario que jamĂĄs pidiĂł convertirse en hogar de los Rams. Hay postales en tiendas de souvenirs cuya imagen carga menos historia.

Rams fans

Vine al SoFi a ver a los Chargers, mi equipo, en 2023. La visita fue mĂĄs a prisa -aun no entiendo cĂłmo alcancĂ© a ver el Ășltimo pase de Justin Herbert y estar en el aeropuerto veinte minutos despuĂ©s- y, tambiĂ©n, mĂĄs grandilocuente: los visitaban los Kansas City Chiefs bajo el marco del domingo por la noche. Fue mĂĄs pirotĂ©cnico todo. SentĂ­, sin embargo, que los Chargers estaban apenas forjando un lazo identitario; habĂ­an dejado el corazĂłn en San Diego y eso penaliza. Los Rams cayeron de pie: hipotecaron su futuro con tal de ganar el Super Bowl en 2022 y acceder al olimpo deportivo angelino regido por Lakers y Dodgers. Una ciudad abocada al estrellato se explica solamente a partir de los tĂ­tulos y la mercadotecnia que emana de ellos.

SoFi

Me conmoviĂł, sin embargo, el grito de guerra: Who's house? Rams house. El concepto de hogar es un lugar comĂșn en la industria deportiva norteamericana -Under Armour, marca oriunda de Baltimore, se explica a partir de su slogan: protect this house-. Pero es distinto: lo estĂĄn construyendo, finalmente. El SoFi es un estadio compartido por dos equipos de distinta conferencia y mismo color, aunque con tonalidades -y tradiciones- distintas; Chargers y Rams no son tan parecidos, pero tampoco tan distintos. Cada uno debe construir una identidad: los primeros han dirigido absolutamente todos sus esfuerzos a empatizar con la comunidad chicana -vienen de San Diego, al final-, mientras que los Rams coquetean mĂĄs con el aficionado tradicional que no ha conseguido sentirse identificado por los equipos del norte: 49ers, Raiders o Seahawks. Matthew Stafford, un combatiente quarterback que ha reunido mĂ©ritos suficientes para considerarse elegible para el SalĂłn de la Fama cuando decida retirarse, estĂĄ en los controles. Puka Nacua, joven sensaciĂłn de historia enternecedora y talento descomunal, se une a Davante Adams, eterno receptor confiable que busca su primer anillo, como tĂĄndem ofensivo. Hay con quĂ©, dirĂ­an por ahĂ­.

Los Rams de Los Ángeles van a pelear; la afición, identidad e historia se gestan con títulos. Inglewood no pidió ser casa de nadie, pero la tradición de un equipo que pasó por Cleveland, el Memorial Coliseum de los Ángeles y por Missouri parece haber echado raíces allí. Yo, todavía alterado por el estado catatónico que ofrecen los latones de cerveza, escuché a Inglewood explotar con un envío de Stafford que valió el triunfo.