"¿Estáis comiendo Pretzels?", preguntó Bill Belichick al entrar en la sala de prensa del DFB campus de Frankfurt. Entró una de las grandes leyendas del football, con una cultivada fama de arisco con la prensa, y nos encontramos con un señor afable, sonriente. Casi me atrevería a decir que con ganas de participar en esta fiesta de la NFL en Alemania. Como los periodistas se quedaron paralizados, repitió la pregunta: "¿De verdad, Pretzels para comer?" Y esta vez sí, la sala estalló en risas. Le siguieron preguntas sobre su viaje (al periodista europeo le preocupa mucho el descanso de los jugadores o quizá el no calentarse demasiado la cabeza), sobre el evento en Alemania, y sobre la floja temporada de Patriots. La comparecencia fue un remanso de paz, un lugar cálido, hogareño, tanto que los periodistas desplazados desde Boston asintían ojipláticos ante tal despliegue de amabilidad de Belichick.
Al acabar, salí a tomar el aire libre cerca de unos de los campos donde suele entrenar la selección alemana y que los Pats habían tomado para preparar el partido. Tenía que digerir el shock de haber tenido a tamaña figura a unos metros de mi (disculpen el personalismo, pero desde Barcelona uno no suele tener la oportunidad de conocer leyendas de la NFL a menudo). Me pregunté por que Bill (a esas alturas ya me atrevo a tutearle) era un entrenador tan escueto con la prensa, tan poco dado a titulares, como si tratar con ella fuera una tediosa tarea implícita en su puesto pero que se saltaría si de él dependiera. En una organización, la NFL, que tiene tan claro el papel de los medios, su importancia y la necesidad de establecer fuertes lazos con ellos, Bill, posiblemente el entrenador más exitoso de la historia de cualquier deporte, es un completo outsider.
Evidentemente, no sigo toda las ruedas de prensa de Bill. No tengo tiempo ni me pagan para ello, y por tanto, corro el riesgo de usar el prejuicio y hablar de oido. Pero dado que justo este es el noble arte que permite tener power rankings un martes por la mañana, espero que no me juzguen demasiado por ello. Recuerdo algunas respuestas en relación al tema que principalmente sigo: analytics. "Prefiero buenos jugadores, buenos fundamentos y buena ejecución." No es la primera vez que la prensa pregunta a Bill sobre su relación con los datos. "No va conmigo" llegó a responder en una ocasión. Ante otra oportunidad brindada por los periodistas, fue mucho más contundente: "Podéis coger todas esas métricas y webs avanzadas o lo que queráis. No tengo idea, nunca las he usado". Casi siempre, ante la misma pregunta, repite insaciablemente el mismo concepto: "Es timming, toma de decisiones, ejecución de toda la ofensiva. Eso es el juego de pase". A primera vista parece que Bill no ha usado ni está interesado en usar analytics en su día a día. Al menos ese es el mensaje que quiere transmitir. Aunque yo sospecho que estamos ante la versión más pura del Bill "troll", o que simplemente no quiere dar pistas a sus rivales.

Si buceas un poco más, Bill suele mostrar mucho respeto ante las preguntas que involucran aspectos del juego. Especialmente aquellos de XyOs, siempre y cuando no quieras ser el más listo de la clase. Uno ha de andar con pies de plomo. Sus ruedas de prensa son un juego de suspense, de tensión-relajación, un tira y afloja para sacarle unas palabras de más. De hecho, en general, cualquier rueda de prensa a cualquier entrenador o jugador es un seguido de frases tópicas y contenidas, quizá edulcoradas con amabilidad y buen trato. Pero donde el valor del contenido tiende a cero. Desde este punto de vista, parece que Bill decide aceptar el juego pero no reconocerlo, transformando cada rueda de prensa en un combate de boxeo dotado de cierta elegancia y rebeldía. Un uso de la desobediencia civil que, al final, acaba siendo más noticiable que el ABC asimilado por otros. Bill, intentándose distanciarse de este circo, crea el mayor espectáculo posible fuera de los emparrillados. No tendremos grandes respuestas, difícilmente rascaremos titulares, pero tendremos algo mucho mejor: un combate con Bill Belichick. Si esto no es el espectáculo definitivo, no se ya que puede serlo.
La rueda de prensa post-partido fue muy distinta a la de la previa. Una durísima derrota, con una de las peores imágenes que ha dado nunca un equipo de Bill. Cuando entró en la sala sentí la respiración contenida de decenas de periodistas. La densidad de la sala aumentó exponencialmente. Viendo la parálisis de los europeos, un periodista de Boston se atrevió a romper el hielo. Un día más en la oficina, debió pensar. Y Bill no defraudó. Respondió con muchos monosílabos y sin el mínimo esfuerzo en vocalizar. En las antípodas del señor que nos preguntó por los Pretzels. Corría entre los periodistas la sensación de un Bill abatido, enfadado, que no tenía ganas de estar allí después del ridículo de Patriots en el campo. Pero a mi ya no me engaña. Aún en la miseria, Bill decidió darnos la versión sublimada de sí mismo. Se puso sus mejores galas y nos dió un combate de altos vuelos. Uno realmente difícil. Con un sentido del espectáculo y de la crudeza propios del mejor cine de autor del este de Europa. En cada "yes", "no", o "both", Bill nos estaba dando un regalo que frecuentemente tendemos a despreciar. Porque si ha sido un entrenador único en el campo, también lo es fuera de él. Un genio, Bill.





