Hace dos años, cuando tuve el privilegio de intercambiar un par de reflexiones con Nick Sirianni mientras cubrĂa la primera ediciĂłn del Chiefs-Eagles en un Super Bowl, lo que mĂĄs me cautivĂł del hoy entrenador campeĂłn de la NFL fue su insistencia en hablar de Filadelfia como una ciudad indefectiblemente blue-collar y de los Eagles, ya desde entonces, como un equipo, tambiĂ©n indefectiblemente, blue-collar.
El tĂ©rmino, que podrĂa traducirse directamente como "cuello azul" en alusiĂłn a los overoles de los obreros, refiere especĂficamente a las personas que realizan trabajos manuales duros, tales como la agricultura, la manufactura, la minerĂa o la construcciĂłn, aunque tiene una connotaciĂłn social y cultural mucho mĂĄs profunda en el cinturĂłn industrial de los Estados Unidos que, por ejemplo, han abordado con gran lucidez pelĂculas como "Deer Hunter", de Michael Cimino, o la mismĂsima "Blue Collar", de Paul Schrader.
Nada me reconcilia mĂĄs con el periodismo que entrevistar a personajes con conciencia de clase y que tienen claro los valores asociados al lugar que representan. Por lo que, tras escucharlo aquel dĂa, aumentĂ© significativamente mi valoraciĂłn respecto a su perfil como entrenador y lĂder moral de un grupo variopinto que exudaba, como ahora, talento a raudales. Siempre he defendido que no se puede tener Ă©xito con un equipo de manera sostenida sin llegar a tomarle el pulso a lo que significa la ciudad en tĂ©rminos sociales, culturales, histĂłricos y puede que hasta polĂticos.

Puedo ser capaz de comprender y en algĂșn momento empatizar con los argumentos que certifican a Sirianni, un orgulloso descendiente de italoamericanos oriundo de Jamestown, como un simple gestor de talento y que el verdadero genio que explica el Ă©xito reciente de los Eagles y la salvaje paliza que le endosaron a los bicampeones Chiefs el domingo en Nueva Orleans, se esconde la figura de Howie Roseman, el mejor arquitecto de la NFL, y en sus dos coordinadores: Kellen Moore y Vic Fangio. Hay algo de eso, sin ninguna duda, pero nunca me ha parecido del todo responsable que se hable de la inestimable virtud del liderazgo como un aspecto meramente cosmĂ©tico o desechable.
Ahora bien, Sirianni, cuya formaciĂłn deviene del costado ofensivo tras su cercanĂa ideolĂłgica con Todd Hayley, ha tenido Ă©xito relativo con tres coordinadores ofensivos distintos: Shane Steichen, Brian Johnson y ahora Kellen Moore, defenestrado de Dallas hace no mucho. Por mucho que nadie quiera darle el crĂ©dito que merece, soy incapaz de conceder que no haya tenido ningĂșn rol importante en la adaptaciĂłn de Barkley al equipo y del equipo a Barkley, en gestionar los egos de personajes desmesurados como AJ Brown o en crear un entorno seguro para que Jalen Hurts no sienta amenazada su discreta posiciĂłn de macho alfa. Tampoco, evidentemente, en el acierto rotundo de apostar por Moore y Fangio como reemplazos de Johnson y Sean Desai tras el desastre de final de temporada el año pasado.
Si Roseman recogiĂł las flores y los elogios que su impecable trabajo como gerente general han cosechado, Sirianni, fiel a su condiciĂłn de entrenador blue-collar, estuvo para recibir los palos y absorber la presiĂłn que permitiĂł liberar a un nĂșcleo de jugadores extremadamente talentosos que salieron a devorarse al rival, no tanto por inspiraciĂłn divina, sino porque el tipo de las laterales que tanto insiste en subestimar el resto, los prepara semana a semana para ser el equipo que exige una ciudad de clase trabajadora como Filadelfia.





