Un dĂa antes de que Patrick Mahomes conquistara Las Vegas y permitiera que los Chiefs firmaran el primer bicampeonato de la NFL en dos dĂ©cadas, casi medio centenar de personas privadas de su libertad (PPL), provenientes de los equipos de los sistemas penitenciarios de la Ciudad de MĂ©xico, fueron seleccionados para integrar el representativo de los Legionarios.
Su rival en turno fueron los Tigres de Bengalas, equipo compuesto por efectivos de la SecretarĂa de Seguridad Ciudadana (SSC). El partido fue enmarcado en lo que se conoce como el TazĂłn Humanista, dentro de las instalaciones del Reclusorio Varonil Preventivo Norte, ubicado en la AlcaldĂa Gustavo A. Madero, como parte de las actividades recreativas derivadas de los programas de reinserciĂłn social.
Dos de los protagonistas de la tarde fueron Karim, capitĂĄn, quarterback y lĂder moral de los Legionarios, quien tambiĂ©n desempeña con gran entusiasmo un rol como promotor de futbol americano en el sistema penitenciario. El otro fue un imitador de Elvis Presley âcomo uno de los tantos que proliferan en Las Vegas, el Ășltimo destino de la hoja de ruta del rey del rock and rollâ, encargado de amenizar la tarde para los asistentes, entre los que se encontraban familiares tanto de presos como de policĂas.


La postal, reservada para unas cuantos, indiscutiblemente remitĂa a The Longest Yard (Golpe bajo), el clĂĄsico del cine que mitificĂł a Burt Reynolds y despuĂ©s a Adam Sandler, en el papel del talentoso y errĂĄtico a partes iguales Paul Crewe, gloria del futbol americano en horas bajas cuya Ășnica posibilidad de redenciĂłn reside en acaudillar a un grupo de presos para plantarle cara a los guardias de un penal de mĂĄxima seguridad.
Memoria cinéfila aparte, con este tipo de interacciones humanas quedó de manifiesto que los valores asociados al futbol americano son el mejor instrumento posible para desmontar prejuicios, derribar barreras y transformar conciencias.
El resultado fue meramente anecdótico. La gran hazaña de los involucrados fue constatar que hay un punto de encuentro posible entre dos grupos sociales que en el imaginario colectivo ocupan lugares tradicionalmente antagónicos.


Cuando uno se pregunta si este tipo de actividades integradoras que buscan convertirse en un mecanismo de reinserciĂłn social valen la pena, es inevitable pensar en el entrañable Skitchy, el interno mĂĄs viejo del penal en la pelĂcula, cuando dice mientras amaga una sonrisa que ha valido la pena cada maldito segundo.





