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Diario de una visita a los Chicago Bears

La verdad es que no sé por dónde empezar. Otra vez estoy sentado en un aeropuerto, en este caso en el de Barajas, recién aterrizado de Chicago y esperando el vuelo para volver a casa, a San Sebastián. Son muchísimas sensaciones acumuladas pero lo destaca por encima de todo es la de privilegio, la de sentirme muy afortunado de haber podido vivir de cerca, desde dentro, la dinámica de un equipo y una franquicia NFL el día de partido y el día previo. Todo lo que por televisión y en la distancia piensas que es de una manera, cuando estás pisando el césped, cuando prácticamente puedes tocar a los jugadores, te das cuenta de que es bastante distinto. Todo es más grande, más fuerte, más rápido, más intenso, más vertiginoso… todo es mucho mejor.

A nuestra llegada a Lake Forest, la localidad situada en las afueras de Chicago donde se encuentra el Halas Hall –las instalaciones de entrenamiento de los Bears–, a mi compañero de 100 yardas Javi Gómez y a mí nos alojaron en las habitaciones que los jugadores ocupan durante el training camp. Diré que no están incómodos. Una habitación con una cama gigantesca, acompañada de una pequeña sala con sofá y mesa de escritorio. Básicamente un mini piso en el que pasan un mes durante la pretemporada. Al día siguiente, desde primera hora de la mañana teníamos planificadas una serie de reuniones en las oficinas del Halas Hall, reuniones que celebramos en una sala en la que una de sus paredes venía a ser una enorme cristalera que daba al campo de entrenamiento. Lo primero de lo que te das cuenta, es que cuando una franquicia de la NFL te da acceso total, por un lado puedes compartir espacio y tiempo con los jugadores, hablar con ellos, comer en mesas contiguas a ellos y solo te exigen una cosa: No comportarte como un fan –como es lógico, dicho sea de paso–. Pedir fotografías, autógrafos y demás es algo completamente fuera de lugar, que no esperan de alguien que ha ido allí para trabajar, básicamente sin pedirla esperan de ti profesionalidad.

Desde nuestra llegada entre las más de seis horas de reuniones que tuvimos con el equipo de marketing, de redes sociales, de desarrollo de 'fanbase' y hasta con miembros del 'front office', pudimos disfrutar a la vez de la rutina del equipo pre partido, un día antes de jugarlo. Cuando llegamos, los jugadores justo salían de la sala de vídeo y he de decir que ser un estrella de la NFL no te hace perder la educación, cosa que comprobamos cuando Justin Fields nos abrió la puerta e insisto en que pasaramos cuando nosotros íbamos justo detrás de él y en medio de un mar de cuerpo gigantescos pertenecientes a los hombres de la línea ofensiva.

Después, lo primero que vimos sobre el campo fue una rutina muy curiosa: 22 jugadores con hojas de papel en la mano y siguiendo las rutas que les venían marcadas, pero caminando en lugar de corriendo, mientras escuchaban las correcciones de Matt Eberflus y Luke Getsy. Muchas veces parando en medio del desarrollo de una jugada para corregir la dirección o el timing de una ruta o la orientación de un bloqueo. Al ser un entrenamiento a puerta cerrada, desgraciadamente, querido/a lector/a, no podré ilustrarte esto con imágenes, porque cuando vieron mi cara de entusiasmo por ser testigo de lo que estaba sucediendo me recordaron amablemente que las fotos y los vídeos durante un entrenamiento cerrado a la prensa estaban prohibidas.

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Seguido al Walk Through, esa parte de entrenamiento donde se hacen las jugadas andando y mirando al playbook, en el que ejecutaron la rutina de arranque del partido –que al día siguiente presencié jugada por jugada en el drive inicial– y también alguna jugada específica para situaciones determinadas, el entrenamiento cambió por completo. Jamás pensé que podría presenciar un Walk Through en directo y fue una experiencia inolvidable, pero lo que vino después tampoco estuvo nada mal. Se encendió la música, básicamente clásicos del soul, una sección musical muy distinta a la que un año antes escuché en el training camp donde el rap y el hip hop fueron los protagonistas. Los jugadores son los encargados de escoger la selección musical y la diferencia viene en que en pretemporada buscaban el hype y la motivación y un día pre partido buscan más la relajación y la concentración. "Ain't No Mountain High Enough", de Marvin Gaye, abrió la playlist, donde sonaron otras como "I Heard It Through The Grapevine" –también de Gaye– o "Lovely Day" de Bill Withers, "I Say A Little Prayer" de Aretha Frankin o "Let's Stay Together" de Al Green, entre muchas otras. Puedo afirmar que los jugadores de los Bears tienen un gran gusto musical.

Ya más relajados, pudimos ver a Tyson Bagent bailando y darnos cuenta de que en persona es mucho más alto y también comprobar que Justin Fields debe de estar muy cercano a poder volver a jugar porque completó toda la parte del entrenamiento en la que separaron al equipo por posiciones y el ex de Ohio State completó cada ejercicio de pase realizado en el medio campo que ocupaban los QBs. La última parte del entrenamiento estuvo dedicada a situaciones en la Red Zone, momento en que podías notar que subía la intensidad que los jugadores querían demostrar cosas para hacerse acreedores de balones el día siguiente cuando esas situaciones ya contaran de verdad en el partido.

Nada más acabar, fuimos a la rueda de prensa, en la que Eberflus anunció que Fields todavía no estaría disponible para este partido. La prensa le apretó intentando saber más, pero el Head Coach de los Bears se mantuvo impertérrito cada vez que un periodista elevaba el tono de la pregunta, siempre calmado, sin alterarse ni un segundo ni subir las pulsaciones en el podio. Y os aseguro que la situación invitaba a lo contrario.

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Después charlar un rato con Adam Jahns, el beat writer de los Bears para The Athletic, con el que mantengo muy buena relación desde mi pasada visita a Chicago y que nos contaba que, a pesar del récord de victorias, hay cierto optimismo con la dirección que está tomando el equipo y evaluar a Fields es el asunto más importante en lo que queda temporada, nos tocó pasar por la cafetería del Halas Hall para comer. Siempre digo lo mismo, ese lugar es alucinante. La cantidad de alternativas de comida que te ofrecen, lo disponibles que están los cocineros para hacerla a tu gusto y la variedad están a la altura de un restaurante de alto nivel. Los jugadores llenaban sus platos con comidas muy copiosas, pero muy saludables, mucho arroz –tenías muchas variedades: blanco, brown rice, arroz de sushi, integral y cuscús o quinoa– y mucha proteína –variedades de carne y pescado tenías para dar y regalar–. Cuando estábamos eligiendo la comida, me volví a topar con George McCaskey, el propietario de los Chicago Bears y nieto de George Halas, al que ya pude conocer el año pasado y mientras le recordaba nuestro encuentro y le comentaba que había incluido nuestra charla en el libro 100 historias 100 yardas, él cambiaba el gesto y muy serio de decía que me iba a mandar a sus abogados, todo para que medio segundo después me guiñara un ojo y me pedía que por favor le enviara un ejemplar cuando regresara a España.

Todavía nos faltaban algunas reuniones y sobre todo, uno de los highlights del viaje, poder entrevistar a Cole Kmet. El TE de los Bears nos habló de la importancia que está cobrando su posición en el juego moderno, que para él no supone ningún problema tener que adaptar a jugar con dos QBs tan distintos como Fields o Bagent y que tiene muchas ganas de venir a jugar a España, que es del Real Madrid y que le encantaría jugar en el Bernabéu. También nos dijo que jugar en Chicago, de donde él es originario, tiene la gran ventaja de poder ir a comer regularmente a casa de su madre. Y debe alimentarlo bien, porque yo no he visto y cuerpo más parecido al de último Superman, Henry Cavill, como el que tiene Kmet.

El resto del día lo utilizamos en desplazarnos hasta el downtown de Chicago –The Loop—, cosa que con el tráfico de la hora de la salida del trabajo nos costó hora y media, dejamos las cosas en el hotel –donde tuve la suerte de que la ventana de mi habitación diera a una de las curvas más famosas del 'L system', la línea de metro del centro de Chicago, justo donde esta gira hacia Wabash, justo a los murales del Arts Corridor– y nos fuimos al United Center para ver jugar a los Bulls. Como tenemos la suerte de ser amigos del jefe de scouts de los Suns, al que conocimos en la pasada Super Bowl y vió en redes sociales que andábamos por Chicago, nos dijo que Phoenix jugaba contra los Bulls y amablemente nos consiguió entradas. La experiencia magnífica, pero seguro que nos os sorprendéis si os digo que lo que lo que más ilusión me hizo fue hacerme una foto junto a la estatua de Michael Jordan.

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Reventados, nos fuimos a dormir porque lo siguiente que tocaba era día de partido. Algo de lo que te das cuenta muy rápido en cuanto sales a la calle en Gameday en Chicago es que la ciudad se inunda de azul marino y naranja: Las tiendas y los restaurantes colocan banderas de los Bears en el exterior y no puedes dar dos pasos sin ver aficionados con camisetas de juego de los Bears. Desde la noche anterior los edificios del skyline se iluminan con los colores de Bears y colocan con luces mensajes de apoyo al equipo. Se respira en el ambiente la sensación inequívoca de que por mucho que Chicago tenga otros equipos deportivos, la ciudad es por encima de todo de los Bears. La gente saluda con un Go Bears! o Bear Down! y todos tratan de animarse, sabiendo que la victoria esa noche es muy necesaria. 

Antes de acercarnos al Soldier Field, Javi Gómez y yo desayunamos en un establecimiento que perfectamente podría ser la cafetería en la que arranca Reservoir Dogs, la de la conversación sobre la canción "Like a Virgin" de Madonna y en la que Steve Buscemi se niega a dar propina. En unas horas teníamos un compromiso muy divertido con los responsables de redes sociales de los Bears: Un tour por la ciudad probando las comidas más típicas de Chicago –contenido que pronto podréis ver, comprobando cómo nos ponemos hasta arriba de perritos calientes y pizzas estilo Chicago–, pero antes quisimos dar un paseo por el centro porque me moría de ganas de enseñar a Javi mis rincones favoritos de la ciudad. Cuando salíamos del Millenium Park y nos encaminábamos al Riverwalk para ver las famosas Wilco Towers (Marina City) o la imponente torre Trump y a The Magnificent Mile en Michigan Avenue, mientras caminábamos tranquilamente, una voz nos dice "vosotros sois Iker y Javi, de 100 yardas". Boquiabiertos por la sorpresa de que alguien nos parara en pleno Chicago, Gorka y su hijo Iker nos contaban que son una familia española que vive en México desde hace muchos años, que siempre escuchan nuestro podcast dedicado a la NFL y que cuando supieron que íbamos a estar en Chicago cambiaron la idea que tenían de viajar a Kansas City para ir Chicago y además de ver el partido poder conocernos. Una ciudad de más de dos millones y medio de habitantes y en nuestra primera mañana allí se topan con nosotros.

Nuestra próxima cita era con Pablo Morales y Miguel Lemus, mientras del equipo de redes de los Bears, dos tipos magníficos, que hacen su trabajo extraordinariamente y con los que además de compartir el día entero trabajando trabamos una muy buena amistad. Era el momento de grabar ese 'Probando las comidas típicas de Chicago', que en su primera etapa nos llevó a Portillo's. Os voy a decir una cosa, podría haberme quedado allí a grabar todo el contenido. Qué auténtica locura de sabores. Los perritos calientes estilo Chicago no llevan ketchup, en lugar de eso te los sirven con pepinillo, tomate natural, pimientos y cebolla y una salsa jardinera, que pica un poquito pero no demasiado. Creo que nunca había probado uno tan sabroso. Lo peor es que ese no fue ni de lejos el plato estrella. El bocadillo de italian beef de Portillo's es por sí solo un motivo para querer volver a Chicago.

Las siguientes paradas fueron Giordano's para probar el Deep Dish (pizza estilo Chicago) y la tarven style (aunque yo me quedo con la primera), después Stan's Donuts y por último las palomitas Garrett (recomiendo las de caramelo). Una vez acabado el tour gastronómico yo podría haber bajado hasta el Soldier Field rodado, pero en lugar de eso optamos por algo que supuso otro de los momentazos del viaje: Un paseo en bicicleta desde el Millenium Park hasta el estadio. El Soldier Field está en pleno centro de la ciudad, al sur del Loop y pegado al lado Michigan y esos 15 o 20 minutos de paseo en bicicleta, con el sol poniéndose tras los rascacielos, pintando el cielo de naranja y nosotros recorriendo los carriles bici primero de Grant Park y después del Lakefront Trail hasta aparcar en el Field Museum, fueron un auténtico regalo para los sentidos. Aparcados ya frente a la entrada norte del Soldier Field te das cuenta que en la ciudad ya había camisetas de los Bears, aquello era un aténtico más de azul y naranja. Los parking en pleno tailgate y los aledaños del estadio bullendo de emoción pero también de nervios, por cierto que nada más entrar al estadio conocimos al famoso aficionado Bearman, con el que nos sacamos la foto de rigor haciendo el rugido del oso antes de buscar el túnel que nos sacaba al terreno de juego.

Una de las cosas de las que me di cuenta nada más bajar al césped es de que aquella tarde podía cortarse la tensión. La mayor diferencia respecto al pre partido que viví desde el césped cuatro días antes en Frankfurt era que en Alemania los laterales y los fondos del campo pegados a la cal que delimita el terreno de juego estaban llenos de invitados tipo influencers, deportistas de otras especiales, actores y todos ellos emocionados simplemente con que el circo hubiera llegado a la ciudad y poder ver de cerca a la estrellas que normalmente están tan lejos y ahora puedes prácticamente tocarlas. Y los Mahomes o Kelce, relajados y sonrientes que casi posaban para las fotos y vídeos que se grababan cerca de ellos… En la hierba del Soldier Field se respiraba algo muy diferente. El ambiente estaba invadido de tensión y nervios. La electricidad era muy distinta a la de Frankfurt y el gesto de los jugadores muy distinto. Serios, concentrados, necesitados de victoria. Que la ocasión fuera también el día de homenaje que la liga realiza cada año a las fuerzas armadas ayudaba a dar mucho color a lo que rodeaba al campo. Cientos de soldados, vestidos con sus uniformes y disfrutando el momento como un premio, sacándose fotos y celebrando, todo a escasos centímetros de los jugadores calentando con gesto serio.

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Pegado a la End Zone, mientras veíamos el calentamiento, el CEO de los Chicago Bears, Kevin Warren, vestido elegantísimo con un traje de tres piezas, se acercaba a estrecharnos la mano a Javi y a mí, para decirnos que pronto nos veríamos en España y para preguntarnos sobre España y Madrid. Minutos después, vimos cómo Bryce Young saludaba a todos y cada uno de sus compañeros mientras estos cruzaban el túnel de vestuarios al acabar el calentamiento y cómo los Bears hacían piña en el centro del campo antes de abandonarlo. No sé cómo explicarlo pero el nivel de emociones vivido ahí abajo no tenía nada que ver con lo que sentí en Frankfurt. Esta vez la sensación era de final, de partido decisivo, los nervios desprendían obligación y por qué no decirlo, algo de miedo también.

Y ese miedo se trasladó al partido, donde nadie quería cometer errores y donde los Bears lo sacaron adelante a base de defensa y carrera, una victoria balsámica que cambió la tensión de las gradas y el campo por alivio, el alivio de un equipo que nada más cruzar el ecuador de la temporada consigue las mismas que en todo el año anterior, un espaldarazo de convencimiento de que el crecimiento que están buscando puede estar ahí por mucho camino que quede por recorrer todavía.

Nuestra siguiente parada fue el vestuario de los Bears, otro lugar donde jamás pensé que podría haber entrado en mi vida y que resultó ser muy distinto a como yo pensaba. Mientras bajábamos de la tribuna de prensa, navegando en contra de una corriente inmensa de aficionados que buscaban la salida del estadio mientras nosotros tratábamos de ir hacia adentro y después el los pasillos que recorren las tripas del estadio hasta entrar en un vestuario gigante donde lo primero que te encuentras es un lugar que parece estar lleno de tipo que salen de la guerra. Exhaustos, magullados, agotados y a la vez, felices y satisfechos, abrazándose sonrientes. Nunca se me olvidará el corte en la pierna derecha de D'Onta Foreman. No estoy hablando de un corte superficial, hablo de un corte profundo, probablemente provocado por el taco de una bota, que le llegaba desde el tibial, justo bajo la rodilla, hasta casi el tobillo. Y no paraba de sangrar, era tan profundo que con seguridad necesitaría puntos. Y no era el único con heridas de ese tipo. El WR Tyler Scott tenía otro no tan grande pero del mismo estilo y el LB Jack Sanborn uno circular y profundo que te enseñaba que ahí se había entrado otro taco, en este caso no arañando, sino clavándose y justo a esa herida, una laceración que le dejaba la piel en carne viva. Ya que cito a Sanborn; los Linebackers en directo son como culturistas que además deben correr a sprint. Por mucho que haya ido a gimnasios no he visto cuerpos con ese nivel de volumen y definición, son auténticas bestias. De hecho, Sanborn, TJ Edwards y Dylan Cole están en un nivel de forma física que lo que decía antes de Kmet se queda corto, pues está igual de marcado pero muy lejos de ese volumen –lógico, pensando que Kmet tiene que correr rutas además de bloquear–.

Allí dentro charlamos con algunos jugadores y después volvimos a salir al campo, donde se respiraba una extraña calma donde apenas unas horas antes la tensión se podía cortar, era como si en realidad estuviéramos en otro sitio. Grabamos algunas piezas y nos volvimos a descansar después de un día que no olvidaremos en toda nuestra vida. Realmente el viaje entero es lo que no vamos a olvidar, pues el nivel de enseñanzas, de vivencias, de aprendizaje, la manera en la que ves las cosas cuando puedes sentirlas de cerca, te ofrecen una experiencia que no se puede comparar a nada, que nada tiene que ver con seguirlo en la distancia y que te ofrece una dimensión de lo que realmente cuesta prosperar en la NFL a nivel individual y colectivo. Y por encima de todo, el enorme cariño que le coges a una franquicia que te abre sus puertas, que te da acceso a lugares y momentos que jamás pensabas que podrías presenciar y esa fortísima mezcla de profesionalidad y familiaridad que todos y cada uno de los miembros de esa organización transmiten. Una filosofía de hacer las cosas que ahora quieren traer a España y no solo para jugar un partido, sino para ayudar a que la NFL crezca en este país, para ayudar desde la base de los que juegan y también para cuidar a los aficionados. La fiesta para ver el partido del próximo domingo entre Bears y Lions que se va a celebrar en Madrid no es nada en comparación con lo que viene por delante los próximos años. La intención es jugar un partido en España, sí, pero también servir de ayuda para que la NFL crezca y se desarrolle en España. Si es de la manera en la que lo hemos vivido nosotros en Chicago, creo que todos aquí van a disfrutar mucho del aterrizaje de los Bears en nuestro país.